viernes, 11 de abril de 2014

Preparando un viaje

Preparando un viaje

Me gustan las ciudades, sus plazas,
sus calles, sus esquinas,
sentarme en la terraza de un bar
con un café delante
y dejar que pase el tiempo,
sin hacer nada, sin prisa,
observando esto y aquello,
y luego ir a alguna librería y revolver
un poco en los estantes,
y si hay río cruzar el puente
y repetir la misma operación al otro lado.
Me gusta estar solo entre la gente,
no ser nadie, no tener que ir a nigún sitio
pero poder ir a todos.
Me gusta la primera vez que me asomo
al espejo del baño del hotel,
ese momento de suspense,
recién llegado, cuando
no sabes si va a aparecer tu rostro
o el del último huésped, atrapado aún
en la memoria del azogue.
Me gustan los parques y los ríos
urbanos, pasear por ellos, a su lado,
especialmente en otoño.
Me gustan las ciudades, sí: andar.
mirar, vivir, enamorarme
de esa mujer del vestido rojo...

Karmelo C. Iribarren, Las ciudades
Fotografias publicadas en The Sartorialist

martes, 4 de febrero de 2014

Obituario: Philip Seymour Hoffman, el actor que era dueño de las bombas de tiempo



Una versión recortada de este texto se publicó en la sección Revista de El Informador el lunes 3 de febrero de 2014.


El actor que era dueño de las bombas de tiempo
Iván González Vega


Aunque medía sólo 1.77, Philip Seymour Hoffman daba la impresión de ser un gigante. Es una imagen equivocada que los espectadores nos formamos con ciertos actores capaces de lucir un temperamento arrollador. Era, efectivamente, uno de esos talentos del cine con carácter de bomba de tiempo: uno esperaba con paciencia a que estallara porque iba a ser un espectáculo, aun cuando estuviera pegando de gritos o apareciera ya estrafalariamente travestido, como en su famosa interpretación de Capote o en Flawless.

Su muerte deja un hueco, pues, bastante grande en Hollywood y en el off Broadway del que fue habitual —su compañía, LAByrinth Theatre, llegó a estrenar una obra por año—. Aunque los espectadores lo recordarán por su laureadísimo rol de Truman Capote en el descenso a los infiernos que fue la escritura de A sangre fría —papel que filmó al mismo tiempo, aunque estrenó un año después, Toby Jones en Infamous, con tanta o quizá mayor fortuna que Hoffman—, su filmografía de los últimos 20 años está repleta de títulos que parecen imprescindibles para el Hollywood contemporáneo. El director Paul Thomas Anderson lo tenía como uno de sus actores indispensables —sólo faltó a una cinta desde Boogie Nights hasta The master—, pero Hoffman pasó por lo independiente y lo comercial dejando un rastro magnético: era capaz de medirse a señores como Robert de Niro (la mencionada Flawless) o Meryl Streep (La duda) y de robarles la función, o de aparecerse como secundario entre galanes y hacerse lo más atractivo en la pantalla (Perfume de mujer, Regreso a Cold Mountain o El talentoso Mr. Ripley).

Lo conseguía, por supuesto, con base en un talento innegable, pero también con lo que se evidenciaba como una técnica actoral que parecía discreta y cuidadosa. Su voz podía ser poco atractiva, pero sabía emplearla como instrumento de carácter para imponerle su propio ritmo a las escenas; su corpulencia le otorgaba un singular peso frente a la cámara, pero su marca principal era una paciencia de lagarto en todo su lenguaje gestual, que era siempre económico y calculado, pero también contundente como un mazazo. No parecía sofisticado, sino solamente fuerte e incontestable, un gorilón adorable: el golpeador del salón que ha decidido defender a los pequeñitos.

Lo interesante de sus papeles eran los muchos matices que les daba entre lo patético y lo grotesco: salvó del ridículo a su personaje en Con amor, Liza, donde interpretó a un viudo adicto a aspirar gasolina, pero se permitió llegar hasta el nivel más triste y asqueroso en Happiness, de Todd Solondz, o en La hora 25, de Spike Lee. Luego, ya convertido en una estrella y alrededor de los años de Capote, probó su capacidad para ampliar su registro con papeles que parecían tan pequeños como el villano de Misión Imposible 3, Owen Davian, una bestia más espectacular que todos los efectos especiales de la saga protagonizada por Tom Cruise, y cuyo trabajo basó, precisamente, en una estrategia de contención: derrotado y rojo de rabia, pero sin alzar la voz siquiera, Owen Davian le juraba a los buenos de la cinta que cobraría venganza y los espectadores sabíamos que lo iba a cumplir.


Rabioso y derrotado igualmente era el personaje de uno de sus mejores trabajos: la última cinta del gran Sidney Lumet, Antes de que el diablo sepa que estás muerto, donde el director armó y condujo un reparto prácticamente infalible: Hoffman y su hermano, interpretado por un Ethan Hawke sensacional, hijos de Albert Finney, planean un asalto que les sale mal. Hoffman hace a Andy, el hermano más listo y fuerte, pero también el más desesperado, un heroinómano capaz de pasarle por encima a toda la familia y que ha renunciado a toda redención: un papel ideal para un actor que era como una bomba de tiempo pero que gobernaba la cuenta regresiva. Cuando descubre un adulterio clave para el argumento de la película, Andy no explota, pero su sola respiración —un elemento actoral que traiciona a la mayoría de los actores— es una síntesis de la amenaza y del peligro: vemos que el reloj marca cinco, cuatro, tres, dos... y, sin embargo, queremos que alguien se salve, aunque sea él, este canalla repugnante.


Es probable que otro de los mejores personajes en la filmografía de Hoffman sea, precisamente, el opuesto absoluto de su Andy: Phil Parma, el amable representante del espectador dentro de Magnolia, la película que catapultó desde el indie hasta la primera fila de Hollywood a Paul Thomas Anderson y sus actores favoritos —John C. Reilly, William H. Macy y Julianne Moore junto con Hoffman—. Phil es un enfermero que cuida a Earl —nada menos que el gran Jason Robards—, un magnate de la tele que agoniza, y le toca asistir al modo tormentoso como el millonario, ya con la mente perdida, se arrepiente de haber abandonado a su familia.

Los pocos minutos de Hoffman y Robards son lo mejor de Magnolia, incluso dentro de un melodrama casi teatral basado en desbocadas respuestas de los actores: Phil es un simple y discreto asistente médico, dispuesto a fingir que le enciende un cigarrillo invisible a su enfermo aunque tiene cáncer de pulmón, a escucharlo, a tolerar los estallidos de la esposa enferma, y hasta a intentar ayudarlo a que se redima. Es Phil el que, cuando todo dentro de la curiosa película se ha complicado, le dice por teléfono al empleado de una hotline: “Ésta es la parte de la película donde ayudas a un desconocido; y si esto pasa en las películas seguramente es porque pasa en la vida real”. La línea sería ridícula casi con cualquier actor, pero hace rato que el magistral Hoffman se ha comprado al público; Phil Parma hace que el espectador mueva la cabeza y diga que sí, que es verdad, mientras está sentado en la butaca y lo mira rogando en el teléfono: en la vida real, como dice este hombre, pasan las cosas que pasan en las películas.



Como pasa con todas las estrellas y con los artistas que no son ancianos, uno se pregunta si no es injusto que los actores famosos se mueran cuando queríamos verlos muchas veces más en la pantalla (¿qué habría hecho, a esta altura, Heath Ledger?). Philip Seymour Hoffman tenía 46 años de edad y, aunque había revelado el año pasado su fármacodependencia —a los veinte años dejó de beber alcohol—, parecía tener una larga carrera garantizada en Hollywood. Si no injusto, sí es una gran decepción que se pierdan así los actores generosos, que calculan cuánto apasionamiento y cuánta entrega resiste el espectador, pero igualmente se entregan por completo a personajes que, aunque no son protagónicos, son siempre memorables. Su descarada pose en cintas como La guerra de Charlie Wilson o Casi famosos, el modo en que brilla junto a una actriz del tamaño de Laura Linney en Los Savage, parecen hoy, ante todo lo que ya no llegó a hacer, un pequeño tesoro para Hollywood.

Tenemos que admitirlo: durante las últimas dos décadas estuvimos en presencia de uno de los grandes de verdad; uno de esos capaces de hacernos asentir, de decir que sí, mientras lo mirábamos desde la butaca: este señor no puede estar mintiendo: es verdad que en el cine, como él dice, pasan las cosas que pasan en la vida real.



(SNIF)

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Nota

Peatones del Centro tapatío transgreden los semáforos
Pese a que hay semáforos especiales adaptados incluso con señales auditivos, muchos tapatíos de a pie deciden ignorar la señal y contribuyen a los problemas del tráfico vehicular

La prudencia dicta cruzar la calle cuando el semáforo está en verde, pero en el Centro Histórico de Guadalajara la prudencia es elástica como una liga: cuando el semáforo se pone en rojo los peatones siguen atravesando calles que en horas pico pueden ser más que peligrosas, como las avenidas Hidalgo, Juárez y 16 de Septiembre-Alcalde.

Pese a los semáforos especiales, adaptados además con mecanismo auditivo para personas invidentes, los peatones del Centro han tomado como hábito el de ignorar los primeros segundos de la luz roja y cruzar en medio de los autos, aprovechando que el tráfico es lento, pero con riesgo de verse golpeados por los vehículos cuyos conductores ya tienen permiso de pasar.

La escena se repite cada 60 o 90 segundos en algunos de los cruces más transitados de la ciudad: ocurre en 16 de Septiembre e Hidalgo, frente a Catedral y el Palacio Municipal, igual que afuera del Mercado Corona, en Hidalgo y Santa Mónica. La persistencia de los peatones impunes es tal que consiguen alentar el tráfico vehicular, y los conductores de carros prefieren detenerse para no arriesgar un accidente en el que, además, suponen que ellos serán considerados responsables.

Un agente vial que coordina el paso vehicular en el cruce de 16 de Septiembre y Morelos subraya que el problema de la cultura vial en la ciudad implica “bastante responsabilidad” de parte de los peatones: “Muchos ni se fijan, se cruzan como están; otros ya sabes que ven la luz roja y no les importa, pero igual es peligroso por los camiones”.

La nueva Ley de Movilidad de Jalisco advierte que los peatones tienen derechos, pero también obligaciones y responsabilidades. Los reglamentos de esta nueva normatividad, sin embargo, todavía no están publicados en su totalidad.


Iván González Vega

(nota escrita con fines escolares; NO utilizar para efectos periodísticos)

Reglamento de la Ley de Vialidad de Jalisco

El Reglamento de la Ley de los Servicios de Vialidad, Tránsito y Transporte del Estado de Jalisco replica el espíritu de esa ley y de la Ley de Movilidad del Estado, que está en proceso de entrar en vigencia (concluirá en noviembre de 2013 cuando se hayan creado los reglamentos necesarios): el peatón es un actor central de la movilidad urbana y buena parte de las disposiciones legales de Jalisco están orientadas a protegerlo.

La Ley de Movilidad sí habla de la necesidad de establecer las obligaciones y responsabilidades de los peatones. Sin embargo, el Reglamento no establece sanción de ningún tipo para los peatones; solamente enlista en qué casos tiene preferencia de cruce en una calle, incluyendo una excepción para el uso del semáforo.

Artículo 2, fracción XXI
“Peatón: persona que transita en la vía pública sin vehículo”.



La buena noticia es que la Ley de Movilidad ya tiene mayor precisión al respecto:
Artículo 10. Las personas con discapacidad, mujeres embarazadas y los peatones no deberán transitar por las superficies de rodamiento de las vías públicas destinadas a la circulación vehicular, ni cruzar las vías rápidas por lugares no autorizados al efecto.

Los peatones deberán cruzar las vías reguladas por semáforo:

I. Cuando tengan semáforo con luz verde habilitante;

II. Si sólo existe semáforo vehicular y el mismo dé paso a los vehículos que circulan en su misma dirección, sólo cuando se encuentren en alto total;

III. No teniendo semáforo a la vista, deberá cruzar cuando esté totalmente detenido el tránsito vehicular; y

IV. No deberá cruzar con luz roja o amarilla.


La mala noticia es que los reglamentos específicos para la Ley de Movilidad todavía no están publicados.

viernes, 31 de mayo de 2013

Nota para mis clases en la maestría (uso sólo personal y académico; texto inédito en medios)

Periférico Sur y Colón, una parada de camiones crítica al amanecer

Alrededor de las 07:00 horas, a la salida del Tren Ligero hay decenas de personas esperando al transporte que ya viene lleno, en medio del tráfico y con poca vigilancia de la Policía Vial


GUADALAJARA, JAL (31/MAY/2013).- Imagínese tener que competir con otras 30 personas cada vez que quiere subirse a un camión que ya va lleno. Ése es más o menos el panorama cotidiano de quienes buscan transporte en la primera “hora pico” del día por la parada del camión de Periférico Sur y Colón, a la salida del Tren Ligero.
Cuando apenas sale el sol, el escenario de esta parada de camiones ya es el de una dura y hasta riesgosa competencia. Por Periférico Sur y Colón rumbo a López Mateos cruzan al menos seis rutas distintas del transporte público metropolitano, pero entre 06:30 y 08:00 horas don unidades que ya vienen llenas y siguen su recorrido todavía más atestadas. En la larga banqueta esperan decenas de personas.
El problema es que se trata del Periférico, una vía con tráfico ligero y pesado al mismo tiempo. Y que, aunque la parada oficial está instalada en una lateral de dos carriles y con banqueta que debería ser segura para los peatones, hay tal competencia por subirse a un camión que las personas “persiguen” a los vehículos hasta que se detengan.
Pero, además, para evitar el tráfico, algunos choferes deciden usar los carriles interiores del Periférico para subir pasaje: muchos pasajeros corren y cruzan al camellón intermedio para alcanzar camión, pero tienen que pasar en medio de carros, midibuses y camiones.

Colón, uno de los cruceros más peligrosos del Periférico

Mariano Otero y Obsidiana, el crucero más peligroso (2013)

Periférico y López Mateos es el cruce más peligroso (2011)

Factores que agravan el problema

1. El sitio es la salida del Tren Ligero, para el cual también es hora pico: llega lleno al Periférico Sur y vuelve a irse lleno.
2. El tráfico del Periférico y las avenidas que llegan hasta él produce embotellamientos cotidianos.
3. Aunque hay pasos peatonales instalados, los usuarios sólo los utilizan para cruzar Periférico de un lado a otro.
4. La competencia por el pasaje se da incluso entre camioneros de la misma ruta. Es muy frecuente que los pasajeros suban en doble vía.
5. Hay poca vigilancia de la Secretaría de Movilidad.

Una parada de 50 metros de largo

Un problema extra: son tantas las rutas y tan grande la demanda, que es como si la parada del camión afuera del Tren midiera unos 50 metros, es decir, toda la longitud del Periférico entre el carril Norte-Sur de Avenida Colón y el carril Sur-Norte.
Así, uno puede subirse al camión de cualquier ruta en la entrada de la estación del Tren o correr para alcanzarlo en el puente peatonal que está 50 metros abajo, a la altura del puente peatonal que lleva al centro comercial al otro lado del Periférico.

Nadie hace fila


Desde que los vehículos del transporte público están obligados a circular con las puertas cerradas, los pasajeros saben que el deporte de viajar en camión en esta ciudad tiene un factor extra de dificultad.
En Periférico Sur y Colón, entre 06:30 y 08:00 horas, es difícil conseguir lugar en los camiones que ya llegan llenos. Cuando uno de los vehículos se detiene ya hay unas 30 personas esperándolo.
Nadie hace fila, porque los camiones nunca se detienen en el mismo sitio; los choferes de la 619 y la 380, por ejemplo, intentan pararse más o menos a la misma altura, pero el montón de peatones que va siguiéndolos les impide estacionarse con calma.
Estos gentíos suelen provocar que el camión se detenga a medio carril y que casi bloquee el segundo carril disponible. Esto provoca tráfico lento para los vehículos que vienen detrás, y en muchos casos se trata de más camiones, ya perseguidos por quienes quieren utilizarlos.

Viajar colgados


Las rutas 619 y 380 hacen largos recorridos por el Periférico y suelen llegar ya abarrotadas a la estación del Tren. No obstante, choferes y pasajeros se las ingenian para que quepa más gente. Por la mañana eso significa 50 o 60 pasajeros. A veces más, opinan algunos.
Alrededor de las 06:30 todavía es fácil subir a camiones que, con suerte, llevan uno o dos asientos libres, pero Mario González, empleado de una empresa empacadora ubicada en Periférico Poniente y cliente diario de la 380, dice que, si llega un ratito más tarde, puede estar hasta 20 minutos esperando un camión.
“Pasan todos ya llenos, llenos, y te tienes que aferrar y correr para subirte; y luego, ya adentro, tienes que pasar en medio de los demás para que te dejen bajarte. Ahí sientes todo el calor humano”.
Antes de que se prohibiera viajar con puertas abiertas, era común ver a pasajeros que viajaban colgados de la puerta, “volando” por el Periférico. Hoy eso ya no es posible, aunque los choferes de las unidades más viejas —como ocurre con algunos camiones de Santa Anita y Tlajomulco— suelen olvidarse de esa norma.
Pero lo que sí es común es asomarse a los camiones que arrancan para seguir el camino y ver espaldas aplastadas contra las puertas: los pasajeros viajan compartiendo los escalones de subida y bajada, el espacio junto al chofer, cualquier vacío disponible. Al grito ritual: “¿Ya subieron? ¡Ahí va la puerta!” le sigue el fracaso de algún pasajero que no alcanzó a meterse al camión y debe bajarse para esperar el que sigue. A veces a alguien se le queda la mochila por fuera de la puerta.


Las rutas que cruzan la zona

Las observadas en el lugar

·        619. Oficialmente, tiene ocho derroteros distintos; seis cruzan Periférico Sur y Colón.
·        380 y 380-A.
·        Ruta 1 de Tlajomulco.
·        Ruta 185-Roca.
·        Ruta 186-A, dos vías: López Mateos y El Mirador.


Rutas señaladas en el mapa oficial del Ocoit.

·        623 A-C.
·        709 de Premiere.

Fuente: Observación en la zona; sitio web del Ocoit www.rutasjalisco.gob.mx


LEER

Carlos Enrigue: “Cosas a considerar cuando se viaja en camión”








miércoles, 17 de octubre de 2012

martes, 28 de junio de 2011

Chabon

Hoy llegó a mi vida mi primer libro en inglés de Wonder boys. También descubrí que no había descubierto si Chabon tenía sitio web, y fui a descubrirlo.

(DAMN)

Gracias a más textos increíbles, un increíble caso musical

La historia de la Orquesta Juvenil Simón Bolívar y del proyecto inspirado por su director es... bueno... si digo "ejemplar", creo que daré mala impresión, pero me quedaría corto.

El País la cuenta así. Así, La Nación.

Pero lo importante es leer primero y luego oír. El concierto de aquí abajo es de 2010, con la tal Séptima Sinfonía de Mahler.

Dios.













Ya para terminar, un texto que quizá sea útil.


(WOW)

Dos textos increíbles

Céline, por Savater.

Nadie tiene la culpa, por Fadanelli.

(GUARDANDO LAS DISTANCIAS, CLARO ESTÁ; SANAS, COMO LAS DE ZEDILLO)

jueves, 23 de junio de 2011

Muertos


Me muero de envidia cuando pienso en que los muertos tienen tal vez un último instante de vida absoluta antes de la absoluta muerte, que ven, por ejemplo, Malcolm X muriendo, que ven el futuro en ese momento y piensan, "Dios, lo que habría dado por estar allí, estaré de todas maneras, ¿valió la pena todo para ver esto en este momento? ¿Valió la pena?".

Espero que la muerte lo abola todo. Hasta la lucidez. El dolor, por supuesto, pero, primero, la lucidez.

O no.

(DAMN)

lunes, 13 de junio de 2011

Ídolos vivos de la música para cine: Ennio Morricone

Cómo no. Y por cuánto. Y por tanto. Y por todo. Desde The good, the bad and the ugly hasta Inglorious basterds. Todo. Pero escojo Los Intocables porque, puta madre, ¡esto es hacer cine con la música!



LA MISIÓN!)

Ídolos vivos de la música para cine: John Powell

Happy Feet, esa joyita ignorada que es Green zone, I'm Sam aunque la música de repente sea bien cursi... no he visto las cintas de Bourne... pero, sobre todo, How to train your dragon, porque el mundo es más bonito cuando tienes un amigo.



(TOOTHLESS!)

Ídolos vivos de la música para cine: Michael Giacchino

The Family Stone, The Incredibles, Ratatouille, Mission Impossible: 3 y, por supuesto, esa obra de arte que es Up.



("KEVIN ES UNA NIÑA?")

martes, 31 de mayo de 2011

Tres obras de teatro en Bogotá

Llevo todo el año buscando buen teatro y no lo he encontrado en Guadalajara, quizá por la sorprendente excepción de Asfixia, en la cual no confiaba dado que Extraños, el montaje anterior del director Eduardo Covarrubias, me pareció un desperdicio de talento de productores de video en un inane espectáculo escénico. Asfixia, afortunadamente, no era un texto escrito, como lo fue Extraños, sin un mínimo de calidad narrativa o dramatúrgica básico, sino todo un señor texto cómico de Chuck Palahniuk, adaptado con aparente buen músculo para la escena —falta comprobar que no hayan pirateado la adaptación cinematográfica con Sam Rockwell, dirigida por ese chistoso señor que sale del agente Coulson en las películas de los Vengadores—. Como sea, en la Asfixia de Covarrubias vi sentido del humor, que prácticamente no he visto este año en Guadalajara, y una actuación sensible a las exigencias de la comedia —es decir, no desesperada por mostrar cuán inteligente es el humor, sino humorística por inteligente— por parte de Andrés David, seguramente uno de los actores jóvenes más consistentes de la ciudad, capaz, aunque no siempre, de interpretar personajes que no se le parecen ni hablan como él.

Pero donde Asfixia cumplió con la solicitud mínima de solidez intelectual y buen gusto narrativo, falló en capacidad de innovación escénica: usó sus recursos múltiples —el video, ajá— de correcta manera y nada más.

Ha sido, pues, un año malo para el teatro de Guadalajara (y aclaro que seguramente no he visto todo lo presentado durante 2011 en la ciudad, pero he visto mucho). Los montajes más interesantes han sido, de nuevo, los importados por la UdeG al Teatro Experimental —sobre todo El amor de Fedra, uno de dos montajes balcánicos, basado en un trabajo de Sarah Kane—. El teatro local ha exhibido su gusto por lo aburrido, lo predecible y lo zafio; su debilidad por los lugares comunes y la vulgaridad; su inmovilidad, su regodeo en una paródica zona de confort. Como recién graduada de esta carrera de aquietada mediocridad, su calificación aprobatoria es el aplauso cerrado de la comunidad local: a nadie le parece que las cosas anden ni medianamente mal.

Lo que más me asombra es que los ejemplos a seguir sean las obras del Defe traídas por la UdeG, que en más de una ocasión han sido tan impactantes como necesarios —gracias a la UdeG vimos Incendios de Wajdi Mouawad en esta ciudad, y jamás terminaremos de agradecerlo—, pero que en muchas otras son trabajos de contenidos arrogantes y autorreferenciales, bonitos espectáculos experimentales que exigen aplaudir un arte basada en la minuciosa exploración de la mugre del ombligo. ¡Cómo se llenan esas funciones! ¡Qué atmósfera de consenso se respira al final de cada una! El público no se pone de pie porque esta primavera ha hecho mucho calor, pero con Más pequeños que el Guggenheim de Alejandro Ricaño o Ensayo sobre débiles de Alberto Villarreal, dos espectáculos de preocupante vulgaridad, el público se ha entregado a los actores a sabiendas de que había pagado por shows en donde los teatreros celebraban, otra vez, a los teatreros (al menos los actores, en estos dos montajes, eran sensacionales).

En fin.

Viajé a Bogotá en la última quincena de mayo y me pagué la entrada a tres obras de teatro. Una fue lamentable y no quiero hablar de ella, porque pagué buen dinero para verla y me arrepentí no bien comenzó; sólo diré que es ésta. Otra fue un reluciente y mal trabajo: en el Teatro Libre de la ciudad están por celebrar un aniversario y necesitan fondos, así que organizaron una gala en ocasión de una decepcionante El burgués gentilhombre, de Moliére, con mucho dinero invertido pero un aburrido trabajo actoral encabezado por el desconcertante protagonista, Jean Claude Bessudo. No investigué, lo confieso: ¿sería un actor francés con un muy buen español, pero mala comprensión del texto? El caso es que el señor parecía no reaccionar a ningún estímulo y contribuía al general derretimiento de las acciones dentro del show. Qué maravilla, al final, que Moliére sobreviva a los teatreros.

La Mozuela y la Ventera, en una de las escenas iniciales de Ligazón
Una noche conocí el barrio de La Candelaria, donde comenzó Bogotá, al pie de esos altos y cercanos cerros que la contienen hacia el oriente. Allí decidí meterme a una función gratuita de teatro estudiantil, Se trataba de la exposición de los trabajos de dirección de los alumnos de cuarto año de teatro (les falta uno para graduarse) de la Facultad de Artes de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. La obra que vi era Ligazón, sobre el texto de Ramón María del Valle-Inclán, creo que un esperpento, en cualquier caso una piecita satírica en que una vieja intenta vender la virginidad de su hija, a lo que ésta reacciona jurando un pacto de amor con un muchacho afilador de cuchillos. La ligazón del título es el juramento: cada enamorado se hiere y bebe la sangre del otro. Para el afilador, el pacto supone su compromiso con un crimen: matar al judío que compró a la chica.

Las raras narradoras gitanas
Era un espectáculo humildoso, pero más allá del decoro con el que nos conformamos los espectadores en las buenas obras de Guadalajara. Es decir, más allá de lo cumplidor, ambicioso pero sensato. Presentado en una hermosa salita de la Corporación Colombiana de Teatro —organismo que merece nota aparte—, la Sala Seki Sano, el montaje estaba basado en un sutilísimo juego de cortes a cargo de dos incomprensibles narradoras agitanadas que pretendían contonearse seductora y misteriosamente por el frente de la escena, como jorobadas que de repente se creyeran diosas eróticas. Era el único error, lo juro, evidente de la obra; todo lo demás, aciertos, o deslices dignos de disculparse: buena dirección de actores, notable presentación de la escenografía, justificación de las acciones, gran ritmo narrativo, resolución ingeniosa y sencilla de problemas básicos —si hay un río a mitad del teatro, ¡usemos una tina y punto!—, buen uso de la básica iluminación, la correcta decisión de poner músicos en vivo mal ecualizados pero bien aprovechados durante la función...

Había, sobre todo, tres cosas a destacar.

1) Actores jóvenes que se divertían como enanos con su trabajo. La Ventera, la madre de la Mozuela, y la Raposa, la amiga con la que acuerda el negocio, eran interpretadas por actrices que exageraban hasta el chillido estridente sus tropiezos y trompicones de ancianas codiciosas y ridículas, pero bien equilibradas por su trabajo de expresión corporal, evidentemente medido, ensayado y supervisado por el grupo de actores y por la directora. Una larga escena de borrachera les sirvió para chistes tan simplones que les faltaba sólo el pastelazo, pero estaba bien preparada e interpretada con justeza y confianza, así que no sólo era divertida, sino que también dibujaba a dos viejas repulsivas felices porque iban a vender a una muchachita.

La Ventera y la Raposa, borrachas
2) Una singular buena lectura del texto: la directora decidió una adaptación literal con el solo añadido de las narradoras gitanas, quienes estaban en un tono equivocado, chocante con el conjunto, pero que servían para resolver un problema básico: es difícil comprender por el oído a Del Valle-Inclán. La directora decidió facilitarle la tarea al espectador con estos añadidos para las acotaciones y, además, muy evidentemente cargó las pilas sobre la correcta enunciación del texto entero. Ninguno de los actores parecía equivocado al lanzar las complicadas parrafadas del brevísimo texto.

LA VENTERA.—¿Cuál fue el consejo que te dio la comadre?
LA MOZUELA.—¿Cuál mi respuesta?
LA VENTERA.—¿Por qué no has recibido el presente?
LA MOZUELA.—No me apetecen las tales ferias.
LA VENTERA.—¡Ahí estás para tirarte!
LA MOZUELA.—Por lo mesmo.
LA VENTERA.—¡No te azorres! ¿Es tirarte pagar con agrado un fino rendimiento, y no lo es ponerte pico a pico con cada uno que va y viene?
LA MOZUELA.—Con ello nada pierdo.
LA VENTERA.—¿Y con tomar una prenda de estima, vendrás a decir que te echas por tierra? ¡Así me muera, si sabes tú lo que es miramiento!
LA MOZUELA.—¡Usted me lo enseña!
LA VENTERA.—Deja los descaros y ten seso.
LA MOZUELA.—Lo mío es mío.
LA VENTERA.—Tú nada tienes.
LA MOZUELA.—Tengo mi cuerpo.
LA VENTERA.—Ni ése es tuyo.
LA MOZUELA.—Habrá de verse.


¿Hay actores que sepan leer bien? En Guadalajara, cuesta trabajo decir que sí. Hay actores llenos de recursos, que suscitan admiración y aprecio por las diversas herramientas que poseen como intérpretes y recreadores de personajes. Pero es probable que la lectura sea su principal debilidad: enuncian y pronuncian mal, acusan su inexperiencia literaria en cada texto, tropiezan con los signos de puntuación y arruinan, en fin, sus años de cursos de expresión corporal con una lengua holgazana y sin educación. La más común de mis protestas contra los actores de Guadalajara es que son incapaces de liberarse de sus propios acentos, de sus propias taras y muletillas orales, de sus tonitos, a la hora de representar. Y yo no seré experto en teatro, pero me parece de lógica simplísima que el actor que no sabe hablar no sabe actuar.

Los jóvenes intérpretes de la Ligazón bogotana que vi el pasado 21 de mayo no eran necesariamente los actores consumados que, espero, algún día llegarán a ser. Pero habían ensayado tanto su trabajo corporal como su trabajo oral, y se notaba. Y el público podía agradecerlo, no sólo porque entendía la barroca prosa de Del Valle-Inclán sino porque, además, podía disfrutarla. Había en ella intención, juego, enigma; eso que mi maestro en un brevísimo curso sobre comedia del arte, el enorme Rafael Garzaniti, definía como doblez y fingimiento: estos muchachos estaban actuando sobre las líneas correctas, sin adelantarse ni quedarse detrás del espectador. En nuestra vida es tan valioso el tiempo real de Internet, que se nos olvida que el teatro ocurría ya en tiempo real antes de la invención de la red de redes: todo suceso acontece en el presente del espectador. De manera que el actor, o entiende el ritmo y la necesidad de "actualidad" del público, o se ahoga y se pierde en él.

3. Ya, para acabar, un sensacional trabajo de dirección. La joven Yudi Yesenia García Mosquera fue tan amable de contarme algunos pequeños detalles del proceso. Me quedo con éste: su montaje, de poquito más de una hora de duración, con seis actores jovencitos (aunque uno que otro ya lucía curtido en lides), le tomó un año de trabajo y perseguía ser digno de un texto que ella escogió por pura afición personal. Pues bien: todo eso se notaba.

La Mozuela y el Afilador
Hace meses que no veo en esta ciudad una obra en donde se note amor y diversión por el trabajo propio: he visto muchas la convicción de que el artista está en lo correcto, esa seguridad repelente de quien actúa o dirige y se para frente a los demás satisfecho de sí mismo, como si tal satisfacción fuera suficiente para que los otros debamos aplaudirlo. "Estoy renovando la dramaturgia", dicen unos. "Mi teatro no se trata de nada y por lo tanto se refiere a todo". "Monto obras de autores consagrados". "Al público le gusta mi comedia". "Me interesa más la exploración física que el texto" es uno de los argumentos que he escuchado más, proveniente, por supuesto, de gente que prefiere inspeccionarse el ombligo como actividad central de sus espectáculos públicos.

El teatro no se trata de uno mismo, en el sentido de que no se justifica por las pulsiones personales. El teatro se sirve de uno mismo para hacerse universal; tiene más un sentido de comunión que de evangelio: ¿por qué dos o tres barbajanes y dos o tres marisabidillas pretenden explicarle al público el universo? Estoy harto de obras de teatro absolutas y definitivas, de dramaturgos categóricos que intentan resolver las dudas existenciales del tapatío de a pie. El tapatío de a pie es un pelmazo, señoras y señores, como lo son el parisino, el cairota y el pequinés de a pie. Pero, viviendo a pie, sabe más de la vida que cualquier teatrero.

He aplaudido muchas veces obras de teatro en Guadalajara que no me parecieron ni medianamente inteligentes, porque aplaudía a la actriz, o al director, o al traicionado dramaturgo. No volveré a hacerlo. Que un artista sobreviva a la estupidez de sus compañeros es una cosa; que yo agradezca al conjunto de esos estúpidos y ese único artista, después de haberles pagado, me hace más estúpido a mí. No volveré a aplaudir, lo siento, sino a aquellos espectáculos que me merezcan una impresión positiva en su conjunto. Este año sólo lo habría merecido uno que otro montaje en esta ciudad. Para mi tremenda fortuna, me invitaron de viaje a Bogotá y pude ver Ligazón. Ojo con esto: fue montada por estudiantes. Ojo con eso, señores.

Por cierto: me encontré un PDF con el texto de Del Valle-Inclán. No tiene desperdicio.

LA MOZUELA.—¡Besa! ¡Muerde! ¡Ligazón te hago!
EL AFILADOR.—¡Vaya un arte de enamorar el tuyo!
LA MOZUELA.—Descúbrete el hombro: ¡Me cumple beberte la sangre!
EL AFILADOR.—¿Profesas de bruja?
LA MOZUELA.—¡De bruja con Paulina!
EL AFILADOR.—¡Pues no me arredro!
LA MOZUELA.—Pues entra a deshacerme la cama.


(OH, YEAH)

domingo, 22 de mayo de 2011

Qué he visto y qué no en Bogotá II

Nada se parece a un niño más que el sol en Bogotá.





(ES QUE HOY GRANIZÓ Y OSCURECIÓ A LAS 6:00 PM, CHINGADO)

Wow con Héctor Abad, Laura García y El Espectador

Primero: descubrí que El Espectador tiene un menú surtidito de cosas en Cultura. Nada mal. Como un sitio de columnas a modo de blogs —cómo me gusta esa fórmula—. Hay uno que se llama El Magazín, y que fue su forma de recuperar un suplemento de esos que, supongo, ya no han de financiarse tan fácilmente. Y, aunque ahora mismo no parece estar publicando nada, Héctor Abad Faciolince está entre las plumas invitadas al periódico y tiene textos tan buenos como éste sobre su viaje a la casa de Bertrand Russell y este otro, Godos y liberales ortográficos, que resume de un par de plumazos la posición conservadora de quienes nos sentíamos liberales. Su artículo o post es hermoso, simpático y contundente: invita a la discusión de manera tan amistosa, que es imposible pelear contra sus argumentos. "Bueeeeno, si usted lo pone asíííí...".

Además de Abad, leí a varios blogueros o columnistas que me gustaron mucho: muy recomendable es el de la joven Laura García, cuyo blog, El último pasillo, es interesantísimo, y tiene ese plus de lucidez que impone a un colombiano vivir en otro país, Chile, en su caso.

(Y SIGO LEYENDO)

sábado, 21 de mayo de 2011

Qué he visto y qué no en Bogotá I


1. Sí, el cielo nublado. Una amenaza incontestable que deviene elegante tacañería sobre la ciudad. Y los bogotanos parece que detestan o tal elegancia o tal tacañería: no bien se le escapan al cielo las primeras finas gotas, todo el mundo se cierra los abrigos o se abre los paraguas. Y, como hay mucho bogotano bajito (también mucho alto), es todo un desafío caminar sin que te saquen un ojo o te claven una varilla en una oreja. Todo el tiempo está nublado. El sol pone a los bogotanos más festivos (por estos días, además, un torrencial desastre atravesó las afueras de la ciudad). Cae con profesionalidad y levanta calor del cemento o de los empedrados... pero lo mandan llamar de otras ciudades, creo yo, y las nubes grises de nuevo se enseñorean.

2. No, gente obesa. O más bien muy poca. Claro que hay gente con evidente sobrepeso, pero obesos, no, o se me han escondido, y que uno de esos gordos con pinta de cochitos (dirían los narcos de Alejandro Almazán) o aspecto de calamidad gástrica intente esconderse seguro que lo revelaría a todos. En Bogotá hay más bien gente en su peso. Ha de ser la altura.


3. Sí, mujeres bajitas. Muchas. La mejor guía del Museo del Oro se llama Diana y es tan interesante como el museo, una arqueóloga seria y de apariencia ruda pero trato gentil y cultura que se le desborda. Las visitas guiadas son gratis. O ésta me salió gratis a mí, con dos simpáticos bolivianos redondeando el tour. ¿Oro más plantas alucinógenas? Oh, sí: vayan al Museo del Oro.


4. Sí, grafiti. Una explosión de inconformidad social estalló entre abril y mayo y cubrió a la ciudad de pintas malhechas como se extienden las pinturas en el video de Café Tacuba (al que me lo escriba con uvé, "Tacvba", lo abofeteo por hipster mamón). Pero la brocha era marxista trasnochada y la lata de aerosol era de un setenterismo libertario de lo más excéntrico. Por todos lados hay rayones de hoces con martillos, llamados al levantamiento anarquista, solicitudes de subversión desde la imaginación... Rayaron toda pared, sobre todo en el centro, en torno a la 7a y carrera 7, donde están los edificios de gobierno. De alguna manera esto se corresponde con una cierta necesidad de actualidad internacional que me recuerda a la Morelia de las protestas iniciadas en casas del estudiante: ayer por la tarde caminábamos por la 7a y vimos una protesta proindependentista para... Palestina. "¡El pueblo / quiere / la liberación de Palestina!", intentaban corear los 60, 70 propalestinistas, cubiertos con el turbante a cuadros como bandera de fórmula uno que usaba Yasir Arafat; había en ellos una provocadora candidez y un atentado a la movilidad, porque bloqueaban toda la avenida. Ninguna consigna superó las reglas básicas de la rítmica: en eso los manifestantes mexicanos estamos más adelantados. La marcha se disolvió en el éter

5. Sí, esmog. Las horrorosas busetas, que son tan espantosas como los camiones de Guadalajara pero más chiquitos y más apretados y más, muchisísimo más viejas, no sólo sostienen una encarnizada batalla contra todo taxista que se les atraviese, (yo mismo he quedado atrapado entre una buseta y un poste, sobre la banqueta, a bordo de un taxi que creyose más delgado de lo que era), sino que además demandan su cuota de espacio bogotano para rellenarla con humo de sus mofles desenterrados de vestigios arqueológicos. El concepto "transporte público" es impermeable al concepto "afinación vehicular", y a otros mucho más peregrinos como "respeto al peatón", "sólo paradas autorizadas", "circular con puertas cerradas" y "el semáforo salva vidas".

6. No, gramática convencional. A los mexicanos nos hipnotizarían conjugaciones y declinaciones y formaciones de léxico como "semafórico".



7. No, nada, ninguno, not, nyet, edificios, casas o departamentos en renta. Todo inmueble "se arrienda".

8. Sí, bocas moviéndose con coqueta cadencia rumbeadora. El bogotano no habla: rumbea. El ritmo de su acento es bailador y musical, casi incapaz de desarmonizar, pues el fracaso de sus influencias llegó con el odioso reggaetón, al que todo bogotano parece reservar una fracción de cariño. El adolescente de pinta agresiva y acné desenmascarador se deja caer a sentones sobre el idioma cuando, de usted, le reclama a su delgada noviecita que haya salido con otro hombre, en la escalera eléctrica del centro comercial Salitre; a cambio, taxistas, recepcionistas, policías, soldados, tenderas de bar, gente cualquiera, compensa a nuestro atormentado patrimonio común con un par de piruetas sencillitas a ritmo de sabrosa cumbia incluso cuando te dicen: "¿Usté's mexicáno, señór? Tranquiiiílo, tranquílo, síííiiga; múcho guusto".

(NO SALGAS SOLO, ME DICE TODO EL MUNDO, Y MENOS DE NOCHE)

martes, 3 de mayo de 2011

Olmos de Ita

De entre los dramaturgos jóvenes mexicanos vivos contemporáneos ya reconocidos (la suma de adjetivos es elocuente), prefiero a Édgar Chías y a Enrique Olmos de Ita. Este segundo es autor de No tocar, que generó uno de mis montajes favoritos en Guadalajara. Recién publicó en Replicante un artículo sobre el dolor devenido espectáculo en México, en torno al espectáculo doloroso que ofreció, para abulia de nuestras comunidades, el desgraciado poeta Javier Sicilia, cuyo hijo fue asesinado.

Aquí, su blog personal; y aquí, Neurodrama, el sitio de su compañía y espacio de estudios. Yo lo entrevisté —con mi mentecatez habitual— el año pasado, estando en aquel periódico que se llamaba Público.

El tipo es listo, de veras.

(QUIERO IR AL TEATRO A VER BUENOS ESPECTÁCULOS SIN MAMADAS DE MACHOS ALFA FRACASADOS VENIDOS A ARTISTAS)