Son horribles. Horribles. Horribles. Pero tienen una utilidad ciudadana específica.
No como yo. Soy horrible y no sirvo de nada a mi comunidad.
Me odio.
(BUÁÁÁÁ)
“Yo les garantizo que de los 3,500 [quejosos] la gran mayoría no tiene empleo [...] Les deberían de preguntar si tienen un comprobante de que trabajan, porque la mayoría de esas gentes no trabaja en nada. [...] Son los mismos que se quejan de todo, los que no tienen trabajo [...] Sí tienen derecho a manifestarse, pero también tienen obligación de ponerse a trabajar. Lo que no se puede es que Jalisco se detenga por personas que no tienen qué hacer y van de un lado a otro al tema de manifestación de moda”.

1. El crimen del padre Amaro: 162’556,981 pesos
2. Una película de Huevos: 142’354,507 pesos
3. Kilómetro 31 118’852,253 pesos
4. Sexo, pudor y lágrimas: 118’033,384 pesos
5. Y tu mamá también: 103’554,877 pesos
6. Amores perros 95’239,041 pesos
7. Niñas mal: 78’690,219 pesos
8. Ladies night: 77’641,678 pesos
9. La misma luna: 75’905,605 pesos
10. El laberinto del fauno: 75’718,718 pesos

Robert Louis Stevenson
1850-1894
Fanny sabía que el cuerpo sería enterrado, como mucho, a las tres de la tarde del día siguiente, pues en los trópicos la descomposición comienza pronto. Estaba claro también que Louis había de recibir sepultura en el Monte Vaea, como era su deseo. No había ningún camino hasta la cima. Así pues, Fanny envió a sus sirvientes a las aldeas circundantes e hizo que pidieran a los jefes que abrieran aquella misma noche un camino hasta lo alto del monte. Al momento acudieron a toda prisa doscientos hombres, se distribuyeron por todo el trayecto de Vailima a la cumbre y se pusieron manos a la obra con machetes, picos, palas, azadas y palanquetas. Toda la noche estuvieron oyendo los habitantes de Vailima sus gritos amortiguados, el ruido de los colosos de la selva virgen al caer y las oraciones en latín que los criados samoanos de los misioneros habían aprendido. El que terminaba la parte del camino que tenía asignada subía corriendo hasta la cima para abrir un calvero en el lugar de enterramiento, o bajaba a la playa a recoger fragmentos de coral blanco y lava negra, como ante el tradicional lugar de reposo de reyes y jefes de alto rango. Entretanto, los sirvientes untaron el cuerpo de Louis con aceite de coco aromatizado con la suave fragancia del árbol Ylang-Ylang (canangium odoratum). Contrariamente a la costumbre samoana, sin embargo, no fue envuelto en finas esteras, sino colocado en un ataúd al uso europeo, que el carpintero Willis de Apia hizo aquella misma noche delante de la casa. Lloraba mientras movía el cuerpo de Louis para tomar medidas. Después pusieron a Louis su chaqueta de terciopelo y finalmente extendieron la Union Jack sobre su demacrado rostro.
Alex Capus, La otra isla.
CINEXCEPCIÓN
Allen en Britania
Hugo Hernández
10 Abr. 08
Los Inquebrantables, endeble título en español que se le endilgó a Cassandra's Dream (2007), la más reciente entrega del veterano Woody Allen, prolonga la etapa británica que el neoyorquino inauguró con Match Point (2005). Desde que emigró del Manhattan de sus amores cinematográficos, la filmografía de Allen ha manifestado no sólo un cambio de escenarios, sino de estrategia dramática: aún antes de la emigración, desde Melinda y Melinda (2004), ya nos anticipaba que todo relato es susceptible de virar hacia la comedia o hacia la tragedia (lo cual es gráficamente ilustrado en Match Point, en el genial plano de la alianza que, como la pelota de tenis sobre la red, puede caer de un lado o del otro del terreno); ahora sus películas se orquestan con mayor claridad alrededor de principios morales, los cuales marcan el curso que habrán de seguir las historias.
Y si bien es cierto que desde siempre su conocimiento de la cultura clásica se filtraba en las tramas o a través de alusiones o citas explícitas, ahora queda claro su empeño por ahondar en la cultura europea. En Los Inquebrantables, que se orquesta alrededor del oportunismo y la inmoralidad de dos hermanos, no es ocioso encontrar un nexo no sólo con la vidente troyana de aciagos designios, sino con el Crimen y Castigo, de Dostoievski.
De cara a este viraje que experimenta el buen Woody, mi amigo Israel Carranza ensaya una hipótesis visionaria. Para él, la ruta que sigue Allen está emparentada con la que en su momento transitó el escritor Henry James. En su opinión, Allen, como James, "quiere morir siendo lo que la vida le negó: un artista británico". Abunda: "ambos neoyorquinos, con pareja fascinación por la idea de lo londinense, han esperado a sus obras mayores para asumir en ellas ese deseo, por más que nunca vayan a alcanzarlo. De ahí que el personaje de Match Point sea, lo mismo que el cineasta y el novelista, un advenedizo que se cuela en la aristocracia. También, creo, es una aspiración que ambos se construyen con renuncias: James da la espalda a la tradición de la literatura estadounidense, que más bien desdeña y que, a su vez, se desentiende de él, y Woody a las que habríamos creído que eran algunas de sus más caras pasiones, como el jazz. ¡El muy esnob sólo pone ópera en Match Point!".
Con todo y que hay gente que hubiera preferido que se quedara en lo mismo, es indudable que Allen vive una provechosa evolución que, aunque incipiente, va cobrando forma. No ha roto del todo con la tradición norteamericana y su apuesta por la puesta en escena sigue siendo de una riqueza sólo equiparable con su sutileza, sin embargo es perceptible el ánimo por explorar nuevos temas y tramas más allá del drama según Bergman o la comedia según Allen.
En su cine, Woody sigue hablando sobre las preocupaciones de Allen, y si a sus 72 años se sigue arriesgando, no nos queda más que esperar... otra vuelta de tuerca.


Underneath the bridge the tarp has sprung a leak and the animals I've trapped have all become my pets, and I'm living off of grass, and the drippings from the ceiling... It's okay to eat fish cause they don't have any feelings...


Luego volví donde el olvido, mi único amor correspondido, terca pasión, dulce tormento, yo tan mayor y no escarmiento. Y, en mitad de un blues, me plantó la princesita azul.
Estuve unos instantes con las alas quietas, perdido en laberintos del "no sé, quizá, tal vez..."; sobre una nube de ésas como de acuarela, me hacia esas respuestas que no se deben hacer. Bastó ese breve tiempo de darse una tregua para sentir de pronto una traición bajo mis pies: el fuego de un relámpago quemó mis piernas; las alas se salvaron y no sé muy bien por qué.


El espacio que aquí nos rodea no es más que espacio, ni inferior ni más sublime que el espacio sobre las chozas, las casas, los templos y los despachos de la capital. El espacio es sólo espacio, la vida es sólo vida, igual en todas partes. Pero en lo que a mí respecta, mantenido por el trabajo de otros, carente de vicios civilizados con los que llenar mi tiempo libre, alimento mi melancolía y trato de encontrar en el vacío del desierto un sentido histórico especial. ¡Vano, inútil, equivocado! ¡Menos mal que nadie me ve!
No se termina todo,
pero acaba.
Nada nuevo comienza,
y ya ha empezado.
No he cambiado ni un poco,
y soy distinto.
Nada de esto me duele,
y este grito
que ahogo no es el mío:
es el de otro
que nunca he sido yo,
pero lo he sido.
No he muerto, no estoy vivo.
Sólo estoy unos días
y un sábado
más viejo.
No me puedo morir,
pero si alzo
los ojos, veo la tierra
bajo la cual estuve
y sigo sepultado.