—Usted disculpe —digo con toda propiedad.
—No, disculpe usted. Buenas tardes —se excusa a su vez.
—Buenas tardes, maestro.
Sonreímos. Él con sorna, yo con respetuosa ironía.
A los dos pasos, mi impuntual sonrojo me alcanza por fin. Y qué, me dice, antes de desvanecerse, ineficaz: a Fernando del Paso puedes considerarlo maestro cuando está admirando los mismos libros que tú.
Saco la cámara, pero no tiene pilas.
Mejor así.
(¡ES TAN VIEJITO!)






