martes, 13 de noviembre de 2007

Este viejo andaba mal, muy mal (igual de mal que tú y yo y todos)

Ahora he terminado Relampagueo y Sonata de espectros. Y estoy fascinado, asustado, emocionado, entristecido. De todo. ¿Por qué en Sonata..., la peor escena, la más temible, la más terrorífica es la parte brillante del tercer acto, ese romántico cuadro con que inicia la charla entre la Señorita y el Estudiante? ¿Por qué Strindberg no se permitió ser ingenuo ante la felicidad? Un momento más, y ninguno de los dos personajes se habría dado cuenta de que empezaban a plantearse el escenario interminable de un tormento.

Señorita: ¡Qué hermoso! ¿Quién tuvo esta ocurrencia?
Estudiante: ¡Tú!
Señorita: ¡Tú!
Estudiante: Nosotros. Entre los dos hemos engendrado algo. Estamos casados.
Señorita: Todavía no.
Estudiante: ¿Qué falta todavía?
Señorita: La espera, pruebas, paciencia.
Estudiante: Bien, sométame a prueba, a examen. (Pausa) Dígame. ¿Por qué están sus padres sentados allí, sin decir una sola palabra?
Señorita: Porque no tienen nada que decirse, ya que el uno no cree lo que le dice al otro. Mi padre se ha expresado así: ¿Con qué objeto vamos a hablar cuando no podemos engañarnos?
Estudiante: ¡Esto es espantoso!


Y el coro del final del segundo y el tercer actos:

Al ver el sol me parecía,
que vi al ser oculto:
cada cual disfruta,
de sus acciones buenas.
Consuela al que ofendiste,
no pagues la maldad con maldad.
El no pecar es no temer;
el no pecar es vivir en paz.


Dios te guarde y te salve del tormento, señor August. Lo pasaste mal, ¿cierto? Acá, quiero decir.

Pobrecito de ti.

Pobrecitos de todos nosotros.

(CUANDO SE GUARDA SILENCIO DEMASIADO TIEMPO, SE FORMA ALGO COMO UN AGUA ESTANCADA, QUE SE PUDRE)

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