jueves, 4 de septiembre de 2008

Miguel Ángel


Cada vez que pienso en Miguel Ángel, el niño que cayó al río Santiago y luego murió intoxicado —porque el río Santiago es un gigantesco sistema de agua que, cuando llega a la zona metropolitana de Guadalajara después de atravesar medio occidente de México, llega tan sucio que su caso debería ser considerado crimen ambiental nacional—, pienso en el terrible cansancio que debe sentir un padre cuando un hijo suyo muere y entonces comienza a discutirse públicamente cuál fue la causa de esa muerte, pero no para aclarar el destino del niño, sino para ocultar razones que no convienen a algún sector. Las autoridades del gobierno del estado de Jalisco, en este caso.

Este viernes 5 de septiembre, en Público-Milenio, aparecerá una nota que da fe del terrible alivio que debe haber sentido la familia de Miguel Ángel, porque, después de meses de venir escuchando, en boca de los muchos mentirosos que gobiernan Jalisco, que el niño se envenenó con aguas negras contenidas en el río Santiago (cuyo control corresponde a los municipios, lo cual permite al gobierno estatal lavarse las manos), finalmente la gente que atendió al chico, los médicos que trataron de salvarlo y lo vieron morir, le ofrecieron a los padres una explicación definitiva: sí murió envenenado por arsénico, un metal pesado que podría proceder de la vasta zona industrial de El Salto, y cuyo control compete directamente al gobierno del estado, pero también al federal.

El caso es que Miguel Ángel está muerto. Que su muerte evidencia que el río Santiago es una miasma que debería avergonzarnos y que terminará por agotar más que sólo la vida de un niño de ocho años: todas las vidas nuestras están en peligro por culpa de esa suciedad. El caso es que nos cuentan historias falsas o retorcidas o verdades a medias sobre el niño porque eso permite ocultar los años de negligencia, de indiferencia, de inacción, de rampante y criminal estupidez respecto al desarrollo ecológico de la ciudad en la que vivo y el estado en que se erige. El caso es que hemos dejado que una descomunal olla de venenos hierva junto a nuestros hogares, y no nos preocupa porque no son nuestros hijos los que mueren.

Pero nuestros hijos podrían ser los próximos envenenados. En eso no pensamos. Y la nauseabundamente criminal negligencia del gobierno del estado de Jalisco, que encabeza Emilio González Márquez, impide que todos nos demos cuenta de que la bronca es de todos. Allí sí: la bronca es de todos. Me tranquiliza, terriblemente, que el Hospital General de Occidente, de Zoquipan, en Zapopan, haya admitido ante la Comisión de Arbitraje Médico de Jalisco que Miguel Ángel López murió intoxicado por arsénico. No puedo sino sentir un pasmo doloroso sabiendo que sus padres respiran, también, con un poco de alivio. Perdieron un hijo; ganaron un poco de verdad. No hay manera de que eso compense su profundo sufrimiento. Pero es un avance, un ridículo avance para todos, a costa de su familia. Y ahora, todos, somos responsables de lo que esa familia ha obtenido en meses de valiente, triste lucha.

Donde estés, Miguel Ángel: vigila que seamos dignos de ti.

PS
La nota de Vanesa Robles aparecerá este viernes 5 de septiembre en la página 15 del periódico Público-Milenio. En la página de Internet, búsquela, por favor, en la sección Ciudad y Región. Copio sólo algunos de los pocos párrafos de esta tan importante noticia, pero dejo el link al blog de Por un Salto digno, asociación involucrada en la lucha contra la contaminación del río Santiago:

¿Por qué era importante reiterar la muerte por arsénico?, se le preguntó ayer a la madre Miguel Ángel
—Para que todos sepan lo contaminado que está el río [Santiago]. Para que vean que esto no es un invento. Antes mi vida era muy tranquila porque yo era conformista y no sabía qué había a mi alrededor. Ahora sé que al callarte eres cómplice de la corrupción.
—¿Vale la pena la intranquilidad?
—Vale la pena la intranquilidad de saber.


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