viernes, 21 de diciembre de 2007

Marte de mi corazón

Por supuesto, cortesía de Spirit y Opportunity
Así como que mucho que hacer no tengo. Reviso las notas de ciencia del día y hay muchas cosas sobre Marte. Marte es bonito. Marte es rojo. A veces pienso que Marte es una especie de patiezote trasero hacia donde apuntarán las próximas potencias de la astronáutica sus antenitas y sus navecitas, con el afán no sé si de colonizarla, pero decididamente sí de ver quién la parcela primero. ¿Para qué sirve, sin embargo, pienso ahora, un planeta donde no hay agua y en cambio hace demasiado frío? Para admirarlo horrores, como se admira el Gran Cañón —aunque éste, bueno, es un ecosistema enterito él solo. Y entonces aparece Marte de nuevo como una roca gélida abandonada en la noche del Universo, girando a lo idiota sobre su propio eje marciano (quiero decir marciano como raro), en una imparable y eterna danza alucinada que no lo lleva a nada, ni lleva a nada a nadie.

Amo las lunas de Marte. Son mínimas sin pretensiones ni ambiciones exageradas. Me gustan más que nuestra agreste y árida lunita ridícula. Por supuesto, me gusta más la idea de conocer algún día Ío o Titán, que tienen, en punto a lunas, mejores nombres de luna. La nuestra se llama Luna. Así de egoísta: Luna. Como si no hubiera otras. Selene es un nombre mejor.

Por la noche, cuando miro al cielo, sin embargo, mirar a Venus es más fácil que encontrar a Marte. Marte se me aparece con mayor claridad antes del amanecer, al final de la noche, como si viniera a decir: "Estoy más cerca, ¿eh? Somos vecinos más íntimos, no se olviden. Si alguien viviera en mí, todos ustedes tendrían que, de vez en cuando, venir a cenar como invitados".

¡Y allá están Spirit y Opportunity, solitarios, esos dos felices milagros de verdad de la ciencia de verdad, y voltean a veces sus robóticos ojitos al cielo y piensan en la Tierra: "Volveremos"!

Marte, roja de guerra como Ares, está congelada y silenciosa. Debe ser un gigantesco paraíso de la tranquilidad. La morada ideal para Doc Manhattan. Venus es una bola de denso basalto y asfixiante dióxido de carbono y debe ser como un enorme invernadero sin plantas pero con ardientes vapores que suben desde el piso cuando no están bajando desde el cielo. El cielo. ¿El cielo de Venus es el mismo que el nuestro? Al mirar hacia arriba, uno mira su atmósfera, no el cielo. Pero igual querría volar hasta donde le llegue a alcanzar la vista.

La gente miope también quiere alcanzar las nubes. Sólo se coloca los anteojos y ya quiere estirar las alas.

Marte va a brillar muchísimo este lunes. Un asteroide amenaza a Marte. Marte pudo estar rodeada de una atmósfera de azufre tibia y suculenta, pero no sé si sabrosa. La NASA esperará para llegar a Marte.

Marte, te amo. Creo. O no. No puede amarse a un planeta que no se conoce. Pero se ama aquello que no se conoce y se ve desde lejos, se intuye. De Dulcinea, don Alonso tenía apenas nociones: ya la quería como quería que fuera. Y a Marte la veo de lejos, y brilla, lejana. Yo sé que Marte es simple hasta la exasperación. Nuestra Tierra es fantástica e interminable: uno mete la nariz en un árbol y el Universo entero se repite allí adentro, mejorado, irrepetible. ¿Por qué no iba a ser así? Se agacharía uno a sacudirse el polvillo rojo de los zapatos, levantaría una roca, cavaría un diminuto agujero con los dedos... Algo palpita allí dentro. Algo duerme bajo la tierra de aquel, de todos los planetas.

Cuestión de darle una buena oportunidad.

(DE MARTE DE QUIÉN?)

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